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Sinopsis del editor

“Bella y enigmática, la joven abogada Eloísa Ángel es una auténtica femme fatale de inteligencia prodigiosa fascinada por los asesinos en serie, sobre los que está escribiendo un libro. Para ello, contacta con un periodista, un abogado y un político que, al borde de la vejez, está a punto de convertirse en alcalde de Zaragoza. De todos se vale y a todos, atraídos por su sensualidad y turbio pasado, manipula. Una mañana de primavera, la ciudad se despierta con la noticia del brutal asesinato de Eloísa. La posterior investigación pondrá al descubierto las miserias humanas y también las pasiones desatadas bajo la aparente tranquilidad de la vida en una capital de provincias.“

Zaragoza en la novela

Juan Bolea plantea una convencional intriga criminal, en la variante argumental de los amores locos que conducen al homicidio. Los protagonistas son abogados, periodistas  y políticos de Zaragoza, uno de ellos nada menos que el alcalde.

Es una novela bien resuelta, entretenida, que se lee con facilidad e interés. Sin embargo, aunque la acción transcurre íntegramente en Zaragoza, con el corrector de Word se podría reemplazar “Zaragoza” por “Albacete” sin que la narración sufriera grandes variaciones. En efecto, mientras que los decorados interiores -despachos, oficinas, viviendas- son descritos con gran detalle, los decorados exteriores son una mera lista nominal de lugares y recorridos, sin que veamos en ningún momento cualquier intento de descripción de esos lugares o recorridos por los que transitan los personajes. El autor se limita a mencionar los nombres de las calles, de los restaurantes, de los bares o de los barrios, lo cual permite al zaragozano hacerse una imagen mental de por dónde pasan los personajes -y disfrutar reconociendo los lugares, como en las películas-, pero el lector que no conozca Zaragoza se quedará sin hacerse una idea de cómo es la ciudad, porque el autor nada dice de ella -curiosamente, la única descripción de un paisaje corresponde a una finca de Garrapinillos- ni de su paisaje.

Tampoco los ambientes sociales salen mejor parados. El típico periodista borrachín, el tipico cronista gay, el típico político de provincias… Los personajes carecen de vida y se mueven en decorados de cartón piedra. Es el signo de los tiempos. Antaño las calles del centro de las ciudades tenían su propio comercio, las tiendas famosas de cada localidad, pero en nuestros días todo son cadenas o franquicias que venden lo mismo en todas partes. El pálido monstruo de Juan Bolea no deja de ser un relato franquiciado.

La crítica ha dicho…

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