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Portada_de_don_quijote(Avellaneda)Sinopsis del editor

“El sabio Alisolán, historiador no menos moderno que verdadero, dice que, siendo expelidos los moros agarenos de Aragón, de cuya nación él descendía, entre ciertos anales de historias halló escrita en arábigo la tercera salida que hizo del lugar de Argamesilla el invicto hidalgo Don Quijote de la Mancha, para ir a unas justas que se hacían en la insigne ciudad de Zaragoza, y dice desta manera…”

Zaragoza en la novela

Al final de la primera parte del Quijote, Cervantes deja dicho que, aunque con curiosidad y diligencia ha buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido hallar noticia de ellos.

Sólo la fama ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote la tercera vez que salió de su casa fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad se hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de valor y buen entendimiento. (Primera parte, Capítulo LII)

Esa mención volandera a una tercera salida fue aprovechada por Alonso Fernández de Avellaneda para publicar a su nombre en 1614 un segundo tomo del Quijote, en el que don Quijote sale de su pueblo con Sancho Panza y toma el camino de Zaragoza, ciudad en la que participa en las justas de la sortija y cae en las situaciones más estrafalarias y ridículas, al igual que su escudero.

En otro lugar de este blog nos ocupamos de la Segunda parte del Quijote de Cervantes.

Desde el mismo momento de la publicación del segundo tomo apócrifo, ha existido el misterio de saber quién se oculta tras el falso nombre de ese autor. Lo único claro es que Cervantes sabía quién era, puesto que en la segunda parte del Quijote (1615) dice que es aragonés y siembra el texto de alusiones y notas en clave que los estudiosos se han esforzado en desvelar, sin llegar a un acuerdo unánime. También es cierto que el hecho de que el don Quijote de Avellaneda visitara Zaragoza, fue suficiente para que Cervantes decidiera que su caballero de la Triste Figura no pusiera los pies en la capital aragonesa. En efecto, cuando don Quijote -que descansaba en una venta del camino real a Zaragoza, después de despedirse de los duques- se enteró de que se había publicado una segunda parte de sus aventuras, y que en ese libro se contaba cómo él mismo se había hallado en las justas del arnés de Zaragoza, afirmó rotundo que por el mismo caso no pondré los pies en Zaragoza y así sacaré a la plaza del mundo la mentira de ese historiador moderno, y echarán de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice. (Segunda parte, Capítulo LIX)

De manera que a la mañana siguiente don Quijote salió de la venta informándose de cuál era el camino más derecho para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza, tal era el deseo que tenía de sacar mentiroso a aquel nuevo historiador que tanto decían que le vituperaba. (Segunda parte, Capítulo LX)

En el capítulo VIII del segundo tomo apócrifo, don Quijote llegó a Zaragoza después de haberse detenido ocho días en Ateca para reponerse de una paliza que le habían dado en un lance ridículo. La llegada tuvo lugar unos días después que las justas se hubieran celebrado, de lo cual quedó mohino y melancólico. Se detuvo cerca de la Aljafería, donde se formó un corro de más de cincuenta personas, maravilladas por el porte de don Quijote y su escudero. Preguntado Sancho Panza de dónde era, contestó que de Argamesilla de la Mancha, un lugar harto mejor que esta Zaragoza; ello es verdad que no tiene tantas torres como esta, que no hay en mi lugar más de una sola; ni tiene esta tapia grande de tierra que la cerca al derredor.

Para hacernos una idea de cómo era Zaragoza por aquellos años, contamos con la magnífica vista pintada por Juan Bautista Martínez del Mazo en 1647, si bien esta perspectiva está tomada desde el Arrabal, más o menos desde el balcón de San Lázaro.

Don Quijote y Sancho entraron en Zaragoza “por la puerta del Portillo” y echaron a andar “calle adelante muy poco a poco“, parándose ante las tablillas de los mesones, sin decidirse por ninguno. [Seguramente nuestros hombres avanzan por la calle del Portillo en dirección al Coso.] En esto que don Quijote vio venir hacia ellos a unos alguaciles que llevaban a “un hombre caballero en un asno, desnudo de la cintura arriba, con una soga al cuello, dándole doscientos azotes por ladrón“. Don Quijote se plantó en medio de la calle y ordenó a los ministros de la Justicia que dejaran en libertad al preso, entablando con ellos desigual batalla. El resultado fue que don Quijote acabó apaleado y en la cárcel, con los pies en un cepo y esposas en las manos, llena de sangre la cara.

La Cárcel Real se encontraba en la puerta de Toledo, pero don Quijote fue encerrado en la Audiencia, sita en el palacio de los Luna, que a sus ojos es un inexpugnable castillo. Al poco fue a visitarlo don Álvaro de Tarfe, caballero conocido suyo que se había enterado de la desventura, y don Quijote le preguntó

de qué manera han muerto los dos fieros gigantes que a la puerta están, levantados los brazos con dos mazas de fino acero, para estorbar la entrada a los que, a pesar suyo, quisieren entrar dentro; cómo o de qué suerte mató aquel ferocísimo grifo que en el primer patio del castillo está, el cual, con sus rampantes garras, coge a un hombre armado de todas piezas y le sube a los vientos y allí le despedaza.

Don Álvaro consiguió la libertad de don Quijote intercediendo ante el justicia mayor con alegatos de locura, y le dio alojamiento en su casa. De ahí en unos días, un domingo, unos caballeros zaragozanos y granadinos jugaron una sortija en el Coso, con don Quijote como invitado principal.

Se colocaron dos arcos triunfales “a las dos bocas de la calle, como venimos de la plaza” del mercado [es decir, en la desaparecida manzana flanqueada por las calles Cerdán y Escuelas Pías].

El día que la sortija se había de jugar, estuvo, en comiendo, la calle del Coso riquísimamente aderezada, y compuestos todos sus balcones y ventanas con brocados y tapices muy bien bordados (…). Vino a la fiesta la nobleza del reino y ciudad, Visorey, justicia mayor, diputados, jurados y los demás títulos y caballeros.

Después de decenas de caballeros ricamente vestidos, llegó el turno de don Quijote,

el cual venía armado de todas piezas, trayendo hasta su morrión en la cabeza. Entró con gentil continente sobre “Rocinante”, y en la punta del lanzón traía, con un cordel atado, un pergamino grande tendido, escrita en él con letras góticas el Ave María, y sobre los motes y pinturas que traía en su adarga había añadido a ellas este tercete, en explicación del pergamino que traía pendiente de la lanza:

Soy muy más que Garcilaso / pues quité de un turco cruel / el Ave que le honra a él

Maravillábase mucho el vulgo de ver aquel hombre armado para jugar la sortija, sin saber a qué propósito traía aquel pergamino atado en la lanza; si bien de solo ver su figura, flaqueza de “Rocinante” y grande adarga llena de pinturas y figuras de bellaquísima mano, se reían todos y le silbaban. No causaba esta admiración su vista a la gente principal, pues ya todos los que entraban en este número sabían, de don Álvaro de Tarfe y demás caballeros amigos suyos, quién era Don Quijote, su extraña locura y el fin para que salía a la plaza, pues era para regocijarla con alguna disparatada aventura, y no es cosa nueva en semejantes regocijos sacar los caballeros a la plaza locos vestidos y aderezados con humos en la cabeza de que han de hacer suerte, tornear, justar y llevarse premios, como se ha visto algunas veces en ciudades principales y en la misma Zaragoza.

Como era de esperar, don Quijote resultó ser el campeón burlesco de las justas, sin que él percibiera que toda aquella fingida pompa y retórica estaba destinada a dejarle como loco ridículo, “el más valiente caballero de cuantos andantes cría el cierzo.” Acabada de jugar la sortija, y de regreso a casa, por venir la noche, don Álvaro condujo a don Quijote hasta la casa de un caballero llamado don Carlos, que les había convidado a cenar, con otros caballeros amigos, que serían más de veinte. El objeto del convite, más que cenar, era reirse un rato de don Quijote, y para ello don Álvaro de Tarfe

había hecho traer aquella noche a la sala uno de los gigantes que sacan en Zaragoza el día del Corpus en la procesión, que son de más de tres varas en alto; y con serlo tanto, con cierta invención los trae un hombre solo sobre los hombros. Pues estando la gente, como he dicho, en la sala, entró con el gigante por un cabo de ella, que de propósito estaba ya sin luz, y encima de la puerta por donde entró estaba en lo alto, junto al techo, una ventana pequeña a modo de claraboya, que venía a dar en la cabeza del mismo gigante, por ser de su misma altura, y por la cual, arrimado a ella, había, sin ser visto, de hablar el secretario, metida la cabeza dentro de lo hueco de la del gigante.

El gigante dijo ser Bramidán de Tajayunque, rey de Chipre, y después de provocar con arrogantes palabras el enojo de don Quijote (y la risa de los invitados a la cena), el caballero de la Mancha dijo que

aceto la batalla que pides, señalando por puesto della, para mañana después de comer, la ancha plaza que en esta ciudad llaman del Pilar, por estar en ella el sacro templo y dichoso santuario que es felicísimo depósito del pilar divino, sobre quien la Virgen benditísima habló y consoló en vida a su sobrino y gran patrón de nuestra España, el apostol Santiago.

No hubo tal batalla, pues al día siguiente por la mañana, don Álvaro de Tarfe y sus amigos inventaron una nueva pantomima que convenció a don Quijote de que Bramidán de Tajayunque se había ido a Madrid durante la noche. Y hacia esa ciudad partió don Quijote, dando fin a sus aventuras en Zaragoza, para terminar sus días en el hospital de dementes de Toledo, llamado hospital del Nuncio, al que fue conducido por el mismo Álvaro de Tarfe.

Como se puede apreciar, don Quijote realiza un recorrido coherente por la ciudad: llega por la Aljafería, viendo una ciudad ornada por muchas torres -lo cual es algo que destacan todos los viajeros de la época- y una tapia de ladrillo. Baja por la calle del Portillo hasta el Coso, donde es encerrado en la cárcel, sita en el palacio de los Luna, que es descrito con cierto detalle. Después menciona el Coso, con sus dos bocas según se viene de la plaza del mercado, que era el lugar donde se corrían las justas. Y todavía menciona la ancha plaza del Pilar. Todo hace pensar, pues, que Avellaneda conocía Zaragoza.

Cualquier persona que haya leído el Quijote habrá reconocido en el episodio del gigante aquel otro episodio de la cabeza parlante que don Quijote tuvo en Barcelona (Segunda parte, capítulo LXII). Esta y otras similitudes, como la del episodio del retablo de maese Pedro (Segunda parte, Capítulo XXVI) han dado pie a algunos cervantistas para elaborar sus teorías acerca de la influencia del Quijote apócrifo en la segunda parte del Quijote de Cervantes, así como sobre la identidad de Alonso Fernández de Avellaneda. Parece ser que se trata de Jerónimo de Pasamonte, un soldado aragonés con el que Cervantes coincidió de joven en la milicia y con el que mantuvo una profunda aversión y antipatía mutuas durante toda su vida (según Alfonso Martín Jiménez).

Tanto interés tenía Cervantes en dejar por mentiroso a Avellaneda/Pasamonte, que en el capítulo LXXII de la Segunda parte del Quijote, hizo que don Quijote concidiera en una venta con don Álvaro Tarfe para testimoniar ante él

que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza, antes por haberme dicho que ese don Quijote fantástico se había hallado en las justas desa ciudad no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas del mundo su mentira, y, así, me pasé de claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, solo por haberla visto. Finalmente, señor don Álvaro Tarfe, yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese desventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis pensamientos. A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser caballero, sea servido de hacer una declaración ante el alcalde deste lugar de que vuestra merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta agora, y de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza mi escudero es aquel que vuestra merced conoció.

—Eso haré yo de muy buena gana —respondió don Álvaro—, puesto que cause admiración ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo tan conformes en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a decir y me afirmo que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mí lo que ha pasado.

Llegóse en esto la hora de comer; comieron juntos don Quijote y don Álvaro. Entró acaso el alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante el cual alcalde pidió don Quijote, por una petición, de que a su derecho convenía de que don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente, declarase ante su merced como no conocía a don Quijote de la Mancha, que asimismo estaba allí presente, y que no era aquel que andaba impreso en una historia intitulada Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde proveyó jurídicamente; la declaración se hizo con todas las fuerzas que en tales casos debían hacerse, con lo que quedaron don Quijote y Sancho muy alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostrara claro la diferencia de los dos don Quijotes y la de los dos Sanchos sus obras y sus palabras. Muchas de cortesías y ofrecimientos pasaron entre don Álvaro y don Quijote, en las cuales mostró el gran manchego su discreción, de modo que desengañó a don Álvaro Tarfe del error en que estaba; el cual se dio a entender que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano dos tan contrarios don Quijotes.

Por otra parte, existe una extraña y poética relación entre don Quijote, Zaragoza y los gigantes del Corpus. Se conoce la existencia de una comparsa de Gigantes, Cabezudos y Caballos desde el siglo XV, siendo la fiesta del Corpus la ocasión habitual en la que desfilaban por la ciudad. Poco a poco los días de salida de la comparsa fueron siendo más numerosos, a todo lo largo del año, y ya no solamente con motivo de festividades religiosas. También fue creciendo con la incorporación de carros aportados por los gremios, así como los timbales y chirimías.

Desde muy antiguo hubo cuatro gigantes, representando las cuatro partes del mundo (Europa, Asia, África y las Indias), como demostración de que las cuatro partes del universo rendían pleitesía al motivo o personaje que centraba la celebración, ya fuera el Corpus o un dignatario. Los gigantes iban siempre acompañados de cuatro caballitos y de cuatro cabezudos (el Moro, el Berrugón, el Tuerto y el Forano), que eran los encargados de danzar y de encorrer a la chiquillería.

El principal cambio en la comparsa de gigantes y cabezudos ocurrió en 1867, cuando el Ayuntamiento de Zaragoza encargó al escultor y pintor Félix Oroz la creación de una nueva. El artista mantuvo los cuatro gigantes tradicionales y añadió por propia iniciativa cuatro representando otros tantos personajes del Quijote: Don Quijote, Dulcinea, el Duque y la Duquesa. Y así fue cómo don Quijote, tal vez por intervención de Urganda la Desconocida, regresó a Zaragoza. El don Quijote falsario fue engañado por un gigante imaginario y partió hacia Madrid, pero el don Quijote verdadero, flor y espejo de la andante caballería, que renunció a venir a Zaragoza, recorre nuestras calles transmutado en un auténtico gigante de la comparsa. Y Avellaneda, sea quien sea, que permanezca para siempre en la oscuridad, de donde nunca debió haber salido.

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Las noticias sobre los gigantes y cabezudos están tomadas de la obra de Luis Antonio González Marín e Ignacio María Martínez Ramírez, Historia de la comparsa de Gigantes y Cabezudos de Zaragoza : de sus orígenes a la actualidad (Zaragoza, Ayuntamiento de Zaragoza, 1985).

La crítica ha dicho…

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