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Segunda parte QuijoteSinopsis del editor

“Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa es sacada al pie de la letra de las corónicas francesas y de los romances españoles que andan en boca de las gentes y de los muchachos por esas calles. Trata de la libertad que dio el señor don Gaiferos a su esposa Melisendra, que estaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad de Sansueña, que así se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza.”

Zaragoza en la novela

Al final de la historia del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Cervantes dejó dicho que don Quijote la tercera vez que salió de su casa fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad se hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de valor y buen entendimiento. (Primera parte, Capítulo LII).

Cuando años después Cervantes escribió la segunda parte de la historia, cumplió fielmente su palabra y puso a don Quijote -convertido ya en caballero y acompañado de nuevo por su escudero Sancho Panza-, en camino a Zaragoza, adonde de allí a pocos días se habían de hacer unas solenísimas justas por la fiesta de San Jorge, en las cuales podría ganar fama sobre todos los caballeros aragoneses, que sería ganarla sobre todos los del mundo. (Segunda parte, Capítulo IV). Pero antes de llegar les sucedieron muchas cosas dignas de mención, durante un tiempo que fue más de unos pocos días.

La trama, pues, de la segunda parte del Quijote, se desarrolla a lo largo del camino real a Zaragoza. Allí ocurrió la famosa aventura del Caballero del Bosque, la del Caballero de los Espejos, la felicemente acabada aventura de los leones, el encuentro con el Caballero del Verde Gabán, las bodas de Camacho el rico, la grande aventura de la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, la graciosa aventura del titiritero, la aventura del barco encantado, la extraña y jamás imaginada aventura de la dueña Dolorida y la venida de Clavileño, y sobre todo el gobierno de Sancho Panza en la ínsula Barataria.

Sin embargo, un hecho extraordinario llevó a don Quijote a cambiar su primitivo propósito de llegar a la capital de Aragón: descansando en una venta del camino real tuvo conocimiento de que se había publicado un segundo tomo de su propia historia, de la mano de un autor tordesillesco, en la que él mismo participaba en las justas de la sortija de Zaragoza y caía en las situaciones más estrafalarias y ridículas, por lo que afirmó rotundo que por el mismo caso no pondré los pies en Zaragoza y así sacaré a la plaza del mundo la mentira de ese historiador moderno, y echarán de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice. (Segunda parte, Capítulo LIX)

De manera que a la mañana siguiente don Quijote salió de la venta informándose de cuál era el camino más derecho para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza, tal era el deseo que tenía de sacar mentiroso a aquel nuevo historiador que tanto decían que le vituperaba. (Segunda parte, Capítulo LX)

En otra entrada de este blog hemos tratado el tema de la visita a Zaragoza del Quijote falsario de Avellaneda.

Tal vez Cervantes tuviera ya escritas o imaginadas las aventuras de don Quijote y Sancho Panza en Zaragoza, pero nos quedaremos para siempre sin conocerlas, por causa de la funesta intervención de Avellaneda.

Sin embargo, existe una extraña y poética relación entre don Quijote y Zaragoza a través de los títeres. Veamos. Se encontraban don Quijote y Sancho en una venta, cuando llegó a ella un tal maese Pedro, un famoso titerero que ha muchos días que anda por esta Mancha de Aragón enseñando un retablo de Melisendra, libertada por el famoso don Gaiferos, que es una de las mejores y más bien representadas historias que de muchos años a esta parte en este reino se han visto -explicó el ventero. (Segunda parte, Capítulo XXV).

La historia de Melisendra, hija de Carlomagno y esposa de don Gaiferos, tenía lugar en una de las torres del alcázar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafería, en la que la princesa se encontraba cautiva a manos de Marsilio, rey moro de Zaragoza. Don Quijote se metió tanto en la narración que, cuando la morisma salió a caballo en persecución de Melisendra y don Gaiferos, que huían a Francia después de que el héroe francés liberara a su esposa,

viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote, parecióle ser bien dar ayuda a los que huían, y levantándose en pie, en voz alta dijo:

-No consentiré yo que en mis días y en mi presencia se le haga superchería a tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, mal nacida canalla; no le sigáis ni persigáis; si no, conmogo sois en la batalla!

Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando a aquel, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:

—Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta. Mire, ¡pecador de mí!, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda.

Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos, dio con todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias y figuras, el rey Marsilio malherido, y el emperador Carlomagno, partida la corona y la cabeza en dos partes. Alborotóse el senado de los oyentes, huyóse el mono por los tejados de la venta, temió el primo, acobardóse el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo, porque, como él juró después de pasada la borrasca, jamás había visto a su señor con tan desatinada cólera. Hecho, pues, el general destrozo del retablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo:

—Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen ni quieren creer de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros andantes. Miren, si no me hallara yo aquí presente, qué fuera del buen don Gaiferos y de la hermosa Melisendra: a buen seguro que esta fuera ya la hora que los hubieran alcanzado estos canes y les hubieran hecho algún desaguisado. En resolución, ¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas hoy viven en la tierra! (Segunda parte, Capítulo XXVI)

Finalmente don Quijote indemnizó a maese Pedro por los destrozos causados. En el capítulo siguiente, Cide Hamete, coronista de esta grande historia, nos desvela que el titerero era Ginés de Pasamonte, un galeote al que don Quijote había liberado en Sierra Morena, beneficio que después le fue mal agradecido y peor pagado (Primera parte, Capítulo XXII).

Según algunos estudiosos (Martín de Riquer, Alfonso Martín Jiménez), este episodio del retablo de maese Pedro es un secreto remedo cervantino de un episodio similar del Quijote de Avellaneda, en el que don Quijote interrumpía la acción de El testimonio vengado, de Lope de Vega, y retaba a singular batalla al actor que representaba a un alevoso personaje. Ginés de Pasamonte encubriría la personalidad de Jerónimo de Pasamonte, un soldado aragonés con el que Cervantes coincidió de joven en la milicia y con el que mantuvo una profunda aversión y antipatía mutuas durante toda su vida. Este Pasamonte parece ser el autor que se oculta tras el nombre de Alfonso Fernández de Avellaneda.

No son estos de Melisendra y Gaiferos los únicos muñecos que relacionan a don Quijote con Zaragoza. En un episodio del Quijote de Avellaneda, don Quijote fue puesto en ridículo en casa del caballero Álvaro Tarfe, donde le hicieron creer que uno de los gigantes de la comparsa que salía en procesión el día del Corpus, era en realidad Bramidán de Tajayunque, rey de Chipre, el cual terminó retándolo a duelo al día siguiente en la plaza del Pilar, cosa que no ocurrió porque los caballeros dijeron a don Quijote que Bramidán durante la noche se había ido a Madrid. Hacia esa ciudad partió don Quijote, para terminar sus días encerrado en el hospital de dementes de Toledo, llamado hospital del Nuncio, al que fue conducido por el mismo Álvaro Tarfe.

Se conoce la existencia en Zaragoza de una comparsa de Gigantes, Cabezudos y Caballos desde el siglo XV, siendo la fiesta del Corpus la ocasión habitual en la que desfilaban por la ciudad. A lo largo del tiempo los días de salida de la comparsa fueron siendo más numerosos, a todo lo largo del año, y ya no solamente con motivo de festividades religiosas. También la comparsa fue creciendo con la incorporación de carros aportados por los gremios, así como los timbales y chirimías.

Desde el principio hubo cuatro gigantes, representando las cuatro partes del mundo (Europa, Asia, África y las Indias), como demostración de que las cuatro partes del universo rendían pleitesía al motivo o personaje que centraba la celebración, ya fuera el Corpus o un dignatario. Los gigantes iban siempre acompañados de cuatro caballitos y de cuatro cabezudos (el Moro, el Berrugón, el Tuerto y el Forano), que eran los encargados de danzar y de encorrer a la chiquillería.

El principal cambio en la comparsa de gigantes y cabezudos ocurrió en 1867, cuando el Ayuntamiento de Zaragoza encargó al escultor y pintor Félix Oroz la creación de una nueva. El artista mantuvo los cuatro gigantes tradicionales y añadió por propia iniciativa cuatro representando otros tantos personajes del Quijote: Don Quijote, Dulcinea, el Duque y la Duquesa. Y así fue cómo don Quijote, tal vez por intervención de Urganda la Desconocida, se asentó en Zaragoza. Don Quijote de la Mancha, flor y espejo de la andante caballería, que renunció a venir a Zaragoza, recorre nuestras calles transmutado en un auténtico gigante de la comparsa.

Por otra parte, Manuel de Falla compuso en 1923 una ópera para marionetas titulada El retablo de maese Pedroque se basa precisamente en este episodio del Quijote.

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Las noticias sobre los gigantes y cabezudos están tomadas de la obra de Luis Antonio González Marín e Ignacio María Martínez Ramírez, Historia de la comparsa de Gigantes y Cabezudos de Zaragoza : de sus orígenes a la actualidad (Zaragoza, Ayuntamiento de Zaragoza, 1985).

Toni Rumbau ofrece en su blog Rutas de Polichinela una interesante visión del retablo de maese Pedro.

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