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el-asesino-de-zaragozaSinopsis del editor

“Un viejo poeta homosexual aparece asesinado en su apartamento de Zaragoza de una manera tan atroz como ritual.

Mientras la opinión pública de la ciudad primero y de España y el mundo entero después, se estremece, el policía encargado del caso comenzará una investigación que le llevará al literal infierno de los poetas: un infierno de vivos y muertos, donde deambulan los espíritus de Quevedo, García Lorca, Sinatra o Dylan entre otros…

El asesino de Zaragoza es una trepidante novela de intriga y humor que nos permite comprender por qué en tantos sitios se ha encarcelado e incluso asesinado a los poetas durante siglos.

Una novela que mantiene en vilo al lector desde la primera página hasta el final.”

Zaragoza en la novela

La novela se presenta como el extensísimo informe que eleva el inspector Juan Barraqueta al ministro del Interior acerca de la investigación que ha llevado a cabo para esclarecer el asesinato de dos poetas y el secuestro de otro, ocurridos en menos de una semana, y que han sembrado la alarma en Zaragoza.

El protagonista, Barraqueta, es un policía sin vocación, gordo y calvo, tragaldabas, bebedor de cariñena, malhablado y a ratos impertinente, a cuyo lado Torrente parece un Lord inglés. A Barraqueta le gusta sentarse en el retrete a leer poesía mala del siglo XVIII y a escuchar casetes musicales de los 70. Le entusiasma devorar tortilla de patatas y porras mojadas en chocolate. También le entusiasma su mujer, a la que ama. Es un agonías que se siente incapaz de afrontar la vida de inspector de policía (él iba para maestro) y dice mierda, hostia, joder y mecagüen cada poco, sintiéndose un desgraciado, no se sabe muy bien por qué.

Si el objetivo de José Luis Gracia era escribir una novela de humor, no lo ha conseguido. Aunque el protagonista, los secundarios y la trama de esta novela podrían ser la base de un buen relato cómico y mordaz, el autor en ningún momento logra la risa -ni siquiera la sonrisa- del lector. O por lo menos del lector al que no le hacen gracia los chistes de caca-pedo-culo-pis.

Algunos personajes secundarios que podrían dar más de sí -como el oficial homosexual de la Guardia Civil, y los demás relacionados con el ambiente gay- quedan apenas esbozados, al igual que las propias víctimas. Acerca de la primera recibimos mucha información, de la segunda bastante menos y de la tercera casi un par de telegramas, como si el autor se fuera cansando de desarrollar la historia.

Tampoco ha conseguido José Luis Gracia una novela amena. Al descargar todo el peso de la narración en Barraqueta, el avance de la trama se ve lastrado por las interminables peroratas del inspector, sus latiguillos y muletillas que a fuerza de repetidos acaban cansando. El monólogo interior aburre cuando el que monologa no dice más que banalidades. La prosa de Barraqueta, ramplona y sin brillo como su traje de pana, domina la mayor parte de la narración, que solo levanta un poco el vuelo con ocasión de la visita que el inspector hace a la morada de su niñez: la estación de tren abandonada de Calatorao (que es la ciudad natal del autor), en la que su padre era jefe de estación.

Donde la novela encalla sin remedio es al final. De todos los finales posibles de una intriga criminal, Gracia ha elegido el menos dinámico: el criminal y el policía se sitúan frente a frente, con pistolas en las manos; el criminal dedica varias páginas a explicar por qué y cómo ha cometido los crímenes y el policía usa el turno de réplica para explicar largo y tendido cómo ha llegado a descubrir al criminal. En esas explicaciones salen a la luz varios hechos de los que el lector no tenía la menor referencia, con lo cual todo tiene la apariencia de un truco malo. Lo que el lector medio de Krimi espera es que el autor vaya sembrando pistas buenas y falsas a lo largo de la narración, pero si no es así, se siente un poco engañado.

Por lo demás, Zaragoza aparece con naturalidad como escenario de la novela. No tiene especial protagonismo (apenas algunas menciones al cierzo o a lugares concretos de la ciudad, como el barrio Delicias o la estación del Portillo), pero tampoco parece que la intención de Gracia fuera darle más entidad.

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