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la-luz-sepultadaSinopsis del editor

“Los conflictos históricos irrumpen en las vidas particulares y, en un súbito tránsito, vuelven irreconocible lo cotidiano. La narración comienza en la España polarizada de 1936, cuando la experiencia republicana, que había generado tantas ilusiones y una amplia participación en el debate político, hace aguas con el levantamiento militar que fulmina de golpe la confianza en el futuro. El protagonista colectivo es el miedo, la sinrazón, la violencia, la delación.

Los personajes de ficción, cada uno a su manera, se mueven dentro de un universo aislado donde cada día la mañana es una angustiosa incógnita. El relato sucede en la Zaragoza dominada desde el inicio por los sublevados, en el ambiente urbano de retaguardia, lejos del frente. Una familia de clase media, en aquel verano asfixiante, en un crescendo de tensión, ve desplomarse el mundo que había conocido hasta entonces. Con capítulos breves y un rimo muy meditado, la autora aísla una única pavesa incandescente de la llama principal, y describe un episodio intenso de nuestro pasado a la vez que una experiencia universal.”

Zaragoza en la novela

Uno de los errores más frecuentes de las novelas y las películas ambientadas en los años de la II República, es que los personajes actúen como si todos supieran que el 18 de julio de 1936 iba a comenzar una guerra civil de tres años de duración que daría como resultado una dictadura de 40 años. También es frecuente que el autor utilice la narración para exponer su teoría acerca de las causas de la guerra civil. La novela de Irene Vallejo La luz sepultadno se libra de ninguno de esos errores.

Con un estilo pretencioso, sembrado de palabras cultas o simplemente raras que la autora suelta a menudo sin venir a cuento, Irene Vallejo pretende narrarnos lo ocurrido en Zaragoza en junio, julio y agosto de 1936. Loable intento del que la autora no sale airosa, debido a tres razones: su impericia en las técnicas narrativas, su deficiente trabajo de ambientación histórica y su empeño en mostrar su teoría sobre la guerra civil, que lastra todo el desarrollo de la novela.

Irene Vallejo parte de la base de que la Guerra Civil fue una explosión de violencia en la que los dos bandos cometieron barbaridades y tienen culpas análogas. Como en Zaragoza la violencia fue ejercida solamente por los sublevados, Vallejo recurre al truco de informarnos de la violencia que se estaría cometiendo en el otro bando. Así, el abuelo de la familia dice el 24 de julio:

” –He oído cosas sobre la zona republicana. En Andalucía están cometiendo atrocidades, crímenes sanguinarios. Llegan a los pueblos en camiones, enseñando bien sus ametralladoras. Piden la entrega de los reaccionarios, como dicen ellos. Y si les parece que esa pobre gente no colabora, hay matanzas indiscriminadas. Un conocido mío ha perdido así un hijo, que era dueño de una farmacia. En un fusilamiento. Por no hablar de la masacre de sacerdotes.”

Se da por hecho que los republicanos han cometido “matanzas indiscriminadas” en Andalucía entre el 19 y el 23 de julio -de modo que Vallejo las presenta como contrapeso de las matanzas cometidas por los sublevados-, y que además se ha enterado de ellas un vecino de Zaragoza, no sabemos cómo.

Vallejo no logra construir unos personajes creíbles. Todos ellos son planos, sin vida interior, simples marionetas al servicio de la tesis de la autora. La trama, por tanto, carece de interés, puesto que desde el principio sabemos lo que va a pasar. Entre otras cosas porque los personajes no paran de soltar esas frases premonitorias tan típicas de cierta narrativa de la Guerra Civil.

Los diálogos son, por lo general, artificiosos. Como la autora tiene serios problemas para recrear de manera novelesca la atmósfera de la ciudad en los primeros momentos del golpe de estado, recurre a que los personajes se suelten unos a otros titulares de periódicos o resúmenes de libros, como ese periodista Alejo que aparece y se desvanece como por ensalmo, sin más función que hacer un resumen de lo ocurrido en Zaragoza durante los días 19 y 20 de julio de 1936.

No falta ningún tópico en La luz sepultada. En cierto momento, uno de los protagonistas, Eduardo, que es funcionario de Correos en el tren postal, recuerda una cosa que ha visto desde el tren esa tarde, yendo hacia Zaragoza:

“Un grupo de falangistas empujaba con la culata de los fusiles a un hombre. Era el maestro, y la casona oculta en sombras de color violeta, la escuela.

Se movían hacia un descampado.

Obligaban al maestro a levantar el brazo y gritar: “¡Viva España! ¡Arriba España!” Los uniformados hervían, tenían la furiosa determinación de golpear con los puños y con las piernas antes de usar las armas.

El maestro hacía el gesto reflejo de protegerse ante cada golpe. Caía dando tumbos.

El tren los dejó atrás.

Eduardo vio árboles borrosos, el terraplén oculto entre zarzas y arbustos, la velocidad.

Luego creyó oir una ráfaga de trallazos secos. Disparos.”

¡Cuánto daño ha hecho La lengua de las mariposas!

En una novela ambientada en un lugar y una época concretos, se puede perdonar una deficiente construcción narrativa si a cambio la recreación del ambiente es acertada. Pero tampoco anda muy fina Vallejo en este asunto. Los paisajes urbanos brillan por su ausencia, y en ocasiones los detalles expuestos por la autora para hacer ver que se ha documentado, más bien delatan que no se ha documentado bien. Por poner un ejemplo entre varios, se menciona el pretil del puente de Piedra, cuando basta con fijarse bien en alguna de las numerosas fotos de la época para ver que en aquellos años el puente de Piedra tenía una barandilla similar a la del puente de Hierro, hasta la restauración de 1991.

Traemos a colación lo del puente de Piedra porque allí tiene lugar una de las escenas más tontas de la novela. En La luz sepultada, el sol y el calor tienen una presencia avasalladora. De acuerdo con que el calor del verano de Zaragoza es insoportable, pero, queriendo resaltar ese punto, Vallejo se pasa un poco con el termostato. A lo largo de las páginas nos encontramos con un “calor enloquecedor”, “sol torturador”, “calor angustioso”… “El calor silbaba como una barra de hierro caldeada que hace saltar las gotas [de sudor de la cara] convertidas en vapor.” (A todo el mundo le suda mucho la cara, dicho sea de paso). Pero en esta novela el calor se manifiesta solo por lo que dice la autora, no por lo que hacen los personajes, que salen de paseo a las horas de mayor calor sin que el desarrollo de la trama lo requiera, lo cual deja al lector un tanto perplejo. Así, Vallejo nos cuenta que el 15 de agosto, por la mañana, la joven Valentina y su padre, Eduardo, salen a pasear y se acercan hasta el puente de Piedra, bajo una “luz aplastante”, como “lava candente”.

“Valentina notó que el sol le quemaba las mejillas. La cabeza y la espalda le ardían. (…) El sol caía a plomo (…) El pretil del puente quemaba tanto que casi no se podía soportar el contacto. Valentina se enjugó las gotas de sudor que le caían por la cara, cosquilleándole en la barbilla y en el cuello.” [A Eduardo] “la frente le latía por el calor (…) Tenía la cara encendida, sudaba. Se sentía enfermo de calor.”

Ante esta situación, cualquier persona en su sano juicio se habría refugiado en la sombra de la cercana plaza de la Seo, por ejemplo, pero Valentina y Eduardo todavía siguen un rato en la solanera, hablando de la marcha de la guerra. En uno de esos diálogos tan naturales, Valentina le dice a su padre:

“–Papá, párate a pensarlo. En esta ciudad no ha habido lucha, ni resistencia, ni nada que se le parezca. Los militares se hicieron con el poder en unas horas. Entonces, ¿por qué los fusilamientos? Escogen como víctimas a gente inofensiva, personas comunes y corrientes, ya lo has visto. Quieren escarmentarnos a todos. -Valentina ponía más seriedad en lo ojos que en la voz, que todavía no modulaba bien del todo, por su edad.

-Date cuenta de que aquí están utilizando el terror como táctica -resumió.

Eduardo ya no parecía disfrutar del cigarrillo. Las palabras de Valentina sonaban como la anticipación de algo verdaderamente angustioso. La nota era siniestra.

No se desvela ningún misterio si decimos que Eduardo será detenido y fusilado. Es lo que se espera de ese personaje, para eso fue creado. Igual que el padre de Eduardo fue creado para que se decepcione con el golpe militar y Valentina para que haga vaticinios y descubra el mundo desde la inocencia de sus pocos años.

La luz sepultada es, por tanto, a nuestro entender, una novela fallida, repleta de tópicos, en la que la autora ni logra una narración en la que palpite la vida, ni recrea el ambiente de la Zaragoza del verano de 1936.

La crítica ha dicho…

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