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rock_dulce_janeSinopsis del editor

“El cadáver de una hermosa muchacha aparece desenterrado por tercera vez en Zaragoza; la policía ignora los motivos de la profanación; no hay ninguna pista y la autopsia no desvela nada; de modo que se decide encargar la investigación a un policía con fama de incompetente en la seguridad de que hará más justificable el previsible fracaso.

Sin embargo, el policía iniciará sus pesquisas en los rincones más sórdidos de la ciudad (el mundo de los bajos fondos, los hospitales mentales y el heavy metal rock) e irá descubriendo a una serie de sospechosos que, por caminos escabrosos y llenos de sorpresas, le llevarán a la puerta del más allá y la clave de un caso que ya no quiere resolver…

El rock de la dulce Jane es una novela de intriga y humor alrededor de las perversiones más infames; una sátira de los fundamentalismos y de la posmodernidad; una novela negra que es también la segunda entrega del inspector Barraqueta y su extravagante forma de investigar.”

Esta novela obtuvo el II Premio de Novela Corta “Villanueva del Pardillo”.

Zaragoza en la novela

En el cementerio de Torrero de Zaragoza, el cadáver de una bella joven de la alta burguesía zaragozana, Mariola de Monrepós y Ximénez de Urrea, es sacado tres veces en poco tiempo, sin motivo aparente, del nicho del panteón familiar en el que reposa. La joven había muerto unos meses antes en un accidente de tráfico en las cercanías de la mansión familiar en Monrepós.

El caso es asignado al inspector Juan Barraqueta, un policía estrafalario y atolondadrado, que contra todo pronóstico conseguirá resolver el caso. Por el camino conoceremos a la familia de Mariola, con el estirado marqués don Nuño de Monrepós y Pignatelli y la estrambótica abuela, que se quiere cepillar a Barraqueta; a Pepe Wellington Heredia, gitano de Málaga, hijo de un Lord inglés, que cumple condena en la cárcel de Torrero por dedicarse a asaltar tumbas; a Melitón Morata, guardia civil escurrido, vegetariano y místico, que fue el primero en llegar al lugar del accidente de Mariola; al profesor Abel Ayamonte, alias Abel el Abyecto, con mumerosas denuncias por acoso sexual, tocamientos, exhibicionismo y conducta lasciva, que fue profesor de Mariola; a Luis Lemóniz, “un bigardo de uno ochenta y tantos de eslora, patillas de hacha y bigotes de Fu Manchú”, que perdió a su mujer en el accidente de tráfico de Mariola y es el jefe de una pandilla de hell angels de la calle Boggiero, y otros cuantos personajes más, relacionados con la investigación (el jefe de policía, el forense, el juez, el enterrador,…). Todos los personajes clásicos, en fin, de la novela policial, que de manera canónica son presentados uno a uno y son protagonistas cada uno de su correspondiente escena, todas ellas con ánimo sarcástico o cómico.

La acción transcurre en “una ciudad de provincias como solo sabe serlo Zaragoza”, una ciudad fría y ventosa, apenas esbozada, de la que se describen algunos lugares: el paseo de Ruiseñores, en el que vive la familia Monrepós,

“una de las calles más discretas y arboladas de la ciudad: casas de poca altura, jardines coquetos y aceras cubiertas de hojas, además de hospitales privados, consultas privadas y despachos privados, que acaban por constituir un mundo exclusivo que impresiona hollar si no es con zapatos nuevos”,

y el barrio en el que vive el propio Barraqueta,

“ese galimatías de calles producto del desarrollismo; ese zoco de zapaterías y boutiques de medio pelo; ese distrito de clase media baja que estira el cuello porque hace veinte años que come mejillones y gambas en domingo; ese arrabal de empleados, dependientes y prófugos del arado que vuelven con ínfulas al pueblo los veranos; esa manzana de currantes, maromos y jaimitos que ensueñan con el chalé y arrugan el morro cuando ven que un drogota, un okupa o un moreno se les ha colado en el sueño de vivir en el barrio puchero, ahora crisol, de las Delicias.”

En esta segunda entrega, el inspector Barraqueta se muestra más contenido que en la primera, El asesino de Zaragoza, sobre todo en lo relativo a comer y beber de manera desaforada. En general, José Luis Gracia consigue llevar la narración con más agilidad y acierto que en el libro anterior. No obstante, recurre de nuevo al expediente de simular que lo que estamos leyendo es un informe escrito por el propio Barraqueta -en el primer libro para el ministro y en este otro para una innominada doctora-, lo cual desconcierta un poco al lector, porque la función de esa doctora no se acierta a entender. Y para concluir la trama Gracia recurre también a uno de los finales más clásicos y morosos: la reunión por sorpresa de todos los sospechosos en una habitación, en la que el policía va exponiendo sus argumentos -con lo cual la sombra de la culpa va pasando de un sospechoso a otro- hasta que finalmente se desvela quién es el culpable y por qué lo hizo.

Aunque José Luis Gracia mejora notablemente respecto a la primera novela del inspector Barraqueta, no parece que esta vía de la novela policial humorística vaya a llevarle muy lejos, lo cual no deja de ser una pena, porque la literatura española moderna no anda muy sobrada de escritores humoristas.

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