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  Sinopsis del editor

“Intento de aportar a la actividad comunista del futuro elementos de apoyo e inspiración, Recuerdo rojo sobre fondo azul aspira a ser vitamina moral para una sociedad en la que hay que renovar fuerzas de continuo contra las innumerables injusticias existentes. Y, a tal efecto, nada mejor que recuperar la memoria de las luchas obreras en Zaragoza entre 1940 y 1975 a través de un testimonio de historia oral que, además de proporcionar puntos de vista y valores oscurecidos por la historiografía oficial, concebida generalmente desde arriba, recurriendo a la forma de una entrevista produce en el lector la impresión de estar oyendo en directo al protagonista de los recuerdos: la experiencia vital, sindical, política y cotidiana de un ser humano perteneciente al largo etcétera al que el franquismo negó la libertad y la palabra.”

Zaragoza en la novela

Recuerdo rojo sobre fondo azul es una larga conversación de Javier Delgado con Manuel Gil Prieto, trabajador del metal, uno de los refundadores del PCE en Zaragoza en los años 40, sindicalista, fundador de Comisiones Obreras, cuatro veces preso político, dirigente del PCE en los agitados años de la Transición, junto con Vicente Cazcarra, Luis Martínez y tantos otros.

Aunque no es una novela, resulta conveniente incluir este libro entre los reseñados en el blog, porque tiene una profunda relación con la novela Memoria vencida, publicada por Javier Delgado en 1992. Como dice el propio Delgado en Recuerdo rojo…

En mi libro de relatos Memoria vencida intenté, precisamente, dar idea de la vida de los militantes comunistas de aquella época [los años 40 y 50 del siglo XX]. Esos relatos están basados en testimonios reales, aunque luego yo los tratara literariamente y cambiara o entremezclara muchos datos, entre otras cosas para no traicionar la confianza que tuvieron conmigo.

En el prólogo de Recuerdo rojo, Carlos Forcadell dice que

Recuperar la memoria de las condiciones de trabajo en las fundiciones zaragozanas, de los orígenes del sindicalismo de comisiones obreras a fines de los cincuenta y principios de los sesenta, de la oposición política clandestina, de la cotidianeidad de este duro trabajo sindical y político, de las concretas formas de toma de una conciencia de clase, de la ética de la resistencia, de la vida carcelaria…, es algo a lo que hay que acceder en buena medida a partir de reconstrucción de testimonios personales. Este libro podría ser claramente mejorado si fuera el producto no de una entrevista individual sino de un muestrario más amplio de experiencias personales compartidas que aportaran más información y perspectivas, y hay que desear que su lectura anime a trabajar en esta tarea de recuperación de la memoria histórica, tan necesaria, por lo menos, como encontrar bronces ibéricos y tallas góticas.

La recuperación de la memoria histórica no ha ido, sin embargo, hacia el terreno sugerido por Forcadell de la historia oral, sino hacia ese otro tan polémico de las listas de víctimas. Forcadell menciona uno de los primeros libros que se ocuparon de ese asunto desde el punto de la investigación universitaria: El pasado oculto, dirigido por Julián Casanova (1992),

un libro que no mereció excesiva atención en los medios académicos, ni en la vida cultural aragonesa por supuesto, que pudo ser tachado de “inoportuno”, cuando no de mal gusto, por atreverse a reproducir nada menos que listas, y nada cortas, de muertos con nombres y apellidos.

Hacia ese terreno se ha decantado también la actividad de Manuel Gil desde el Foro por la Memoria de Aragón.

A lo largo de las páginas de Recuerdo rojo sobre fondo azul vemos desfilar, con amenidad y buenas maneras, los personajes y decorados de una Zaragoza que ya no existe. Los talleres Averly, Technos, Florencio Gómez, Alumalsa, Giesa, Tusa, Taca, Rico Echeverría, Mercier, Viasa, Ebroacero, Tudor, Laguna de Rins, CAF, Van Hool, Balay, Maquinista… Aquella Zaragoza salpicada de pequeñas industrias destinadas al mercado local o regional, fundiciones metálicas y talleres de montaje, factorías de papel pintado, fábricas de muebles hechos a mano en el barrio Delicias, la imprenta clandestina que nunca falta en la narrativa de la clandestinidad… No es que ya no existan aquellas fábricas, algunas de las cuales todavía funcionan con la misma o distinta denominación, sino que aquella manera de vivir y trabajar, aquellas relaciones sociales y laborales, las sentimos ya como pertenecientes a otro mundo, a otra época, a otra gente.

Entre la multitud de personas que desfilan por el libro, vemos pasar fugazmente al librero Inocencio Ruiz, en cuya librería se intentó, hacia 1960, formalizar como Sociedad Cultural Los Amigos una tertulia de comunistas clandestinos y compañeros de viaje, sin que el intento llegara a nada.

En las cárceles de Burgos, Cáceres, Jaén, Palencia y Zaragoza, Manuel Gil y tantos otros miles de presos políticos aprovechaban el tiempo para formarse como revolucionarios leyendo y discutiendo los materiales del Partido, pero también recibiendo clases de matemáticas, geografía, literatura y otras materias impartidas por los camaradas. Vemos en su celda, tecleando la máquina de escribir, a Ángel Abad, que se ganaba la vida haciendo traducciones. Alguna vez se debería hacer un estudio de los presos y represaliados políticos que malvivieron durante el franquismo como traductores de todo tipo de obras o como autores de novelas de consumo popular, del Oeste o policíacas. Joan Comorera, Joaquín Maurín y Vicente Cazcarra, sin ir más lejos, son tres exdirigentes comunistas que para salir del paso se dedicaron a la traducción.

Recuerdo rojo sobre fondo azul es un libro imprescindible como fuente de información para la historia del movimiento obrero de Zaragoza durante el franquismo -siempre cotejándolo con otras fuentes, por supuesto-, tanto por los datos objetivos que suministra como por brindarnos en los detalles el aire de una época. Por ejemplo, la relación entre hombres y mujeres. En la pandilla de jóvenes amigos comunistas que estaban reconstruyendo el PCE en los años 40,

las chicas no entraban. Y era muy difícil que pudieran entrar, y no porque no nos gustaran. Pero estábamos muy entregados a crecer en política. (…) Algunas hermanas participaban en las meriendas. Pero muy poco. Se daba así, no podías pedir peras al olmo. Las mujeres estaban muy vetadas. ¡Si a los hombres no se nos dejaba entrar en muchos sitios en mangas de camisa, imagínate a las mujeres! Otra cosa es que, salvo excepciones, la actividad de las casadas nos parecía más testimonial que otra cosa.

Sin embargo, aquellos obreros de 20 años consideraban necesario casarse para que su actividad política tuviera mayor predicamento entre sus compañeros:

Decíamos: Nos estamos haciendo mayores, debemos aparecer como personas normales. En las fábricas no conseguiremos dar un mayor impulso a nuestras acciones si no estamos en la misma situación que los demás. Tenemos importancia los jóvenes, pero quien más puede influir en los trabajadores es la gente casada, pues hay que tener en cuenta que los casados no se juegan sólo la libertad de ellos sino que tienen la responsabilidad de la mujer y los hijos.

Pero el mejor indicativo del espíritu de aquella época, es cuando Manuel Gil asiste en 1954 al V Congreso del PCE. Alojado en París en casa de unos camaradas franceses, lo que le causó “un impacto tremendo” fue ver a la mujer, que era la portera del edificio, “fregar mientras fumaba. Aquello de fumar mientras fregaba.”  Luego le llevaron a casa de otros camaradas. Cuando llegó se echó un rato a descansar y al levantarse e ir a la cocina vio al hombre “con un delantal blanco pelando judías verdes. ¡Otra imagen nueva para mí!”. Lo cual quiere decir que un trabajador español que en 1954 tenía 27 años, no había visto nunca a una mujer fumando ni a un hombre cocinando. Al cabo de los años, los cambios sociales por los que luchó Manuel Gil no se han producido, pero en cambio se han producido otros que ni se le habían pasado por la cabeza.

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